Últimas entradas

Votar por Porcia
Mi amigo Andrés – parte #3
Mi amigo Andrés – parte #2
Mi amigo Andrés – parte #1
La noche de Robert Burns- Celebrando al poeta 
Melchor Ocampo – Pasión por el estudio

¿Hasta cuándo soy de aquí?- Meditaciones nacionalistas y no tanto

Luis Hernández Calixto

23 junio, 2026

¿Hasta cuándo soy de aquí?- Meditaciones nacionalistas y no tanto

Luis Hernández Calixto

23 junio, 2026

George Orwell observó en El camino en Wigan Pier que “es solo cuando conocemos a alguien de una cultura diferente a la nuestra que nos empezamos a dar cuenta de cuáles en realidad son nuestros valores” y aunque de pronto parece obvio, hay cosas que solo el tiempo ayuda a ver mejor. Solo el tiempo. Con el pasar de este, he des-aprendido las lecciones que Octavio Paz dejó en mí en torno al laberinto donde puso a los mexicanos: esas de las máscaras, de la chingada y del pachuco. Algunas otras persisten: ¿estaban sus meditaciones en sintonía cuando, en las trampas de la fe y, similar a Orwell, cuenta que la identidad mexicana se reafirma estando fuera? Y a eso más preguntas: ¿es necesario salir del país físicamente para explorar la nacionalidad propia? 

He vivido ya algún tiempo fuera de mi país de origen y me he obsesionado con la identidad nacional, la mía y la de los demás: con las respuestas que las personas dan sobre su procedencia. Sé que no hay nada novedoso en esto, ni la mía ni la de Orwell, quizá sea normal que seamos más conscientes de nuestra identidad nacional estando fuera, cuando nos encontramos por primera vez con otras y nos descubrimos, quizá de un modo diferente. Si estoy en, digamos, Porto, y alguien me pregunta de dónde soy, la respuesta es simple: de México, no digo de León o de Guanajuato siquiera, a menos que sea otro mexicano. Si estoy en León, el default sería la colonia o quizá la calle. Pero estando en nuestros países, solo cuando los rasgos somáticos nos delaten, las personas asumen que eres de allí o saben, por tu folclor, de dónde eres exactamente.

Hay una ramificación individual que ha cambiado en estos años: me siento sin duda menos arraigado, menos espontáneo (hay un paso extra al pensamiento y a la reacción inicial) y algunos de mis modos de ser tienen que adaptarse culturalmente, como es quizá normal. Siento que aquí vivo, pero que esta no es mi casa, que estoy de paso nada más. ¿Qué, acaso no estamos todos de paso? Al mismo tiempo, desde hace algunos años mi ser activista ha sido encendido, provocado, quizá compensando la hibernación despolitizada en la que estaba. Y aún así me pregunto, ¿quién soy yo para interesarme en un lugar que no es el mío? ¿Pero podría ser mío? ¿Pero hasta qué punto lo es? ¿O es que ya lo es?

Aprendí a ver mi propia cultura con añoranza y respeto, y valoro más las relaciones familiares que requieren más mantenimiento cuando estoy lejos. Pero estoy acá porque quiero; no soy exiliado, refugiado, ni perseguido. Esta no es una situación única; todos los migrantes la sufrimos y la vivimos de un modo similar.

De lo que trato aquí es el aspecto social, político y participativo. Si el primero es de mi nariz para dentro, el segundo es de mis manos para afuera; es colectivo y comunitario; es como interactuamos con el mundo. Es bueno pensar que vivimos y pensamos de manera cosmopolita, pero desafortunadamente existimos y actuamos de manera local; lo inmediato toma preferencia siguiendo la jerarquía de lo físicamente presente. Entonces aquí la pregunta, ¿estoy actuando y respondiendo de acuerdo a mi entorno inmediato? ¿Hay algo limitante en esto? En otras palabras, ¿qué tan político y activista puedo y debo ser estando fuera?

La respuesta, como siempre, es: depende. Aunque quizá debería ser siempre y en todos lados, posiblemente en secuencia, en graduación creciente.

Tengo ya once años en Escocia, que (aún) forma parte del estado británico, el Reino Unido. Desde siempre me he sentido mexicano y viajar, como mencioné, sólo reafirmó eso. En los primeros años, no me sentí parte de esta ‘comunidad imaginada’ en este pedazo de Gran Bretaña, probablemente por la calidad en la que habíamos venido, a estudiar y ‘ver qué pasaba’. Por supuesto que, al residir en un país ajeno, existe cierto nivel de adaptabilidad requerido, como el idioma, las costumbres, las reglas que hay que acatar para la mínima convivencia. Otras a nivel legal al Estado mismo como impuestos y estar seguro de estar regularizado. Cuanto más sabemos del lugar donde estamos, mejor para poder compartir con las personas a nuestro alrededor aquello que por el momento nos aqueja: desde apagones y Covid. Después de eso, forma parte de un proceso de integración: forma de hablar y de expresarse, de relacionarse. Integrarse es entrar en un contrato cívico mínimo sin tener que abandonar completamente la cultura y el modo propio. Lejos quedaron los días de la asimilación.

En El lado obscuro de la democracia, Michael Mann habla de tres formas de asimilación en las cuales las democracias homogeneizan a su población. Una de ellos es asimilacion inducida que busca asimilacion voluntaria dentro del grupo dominante y está ha sido la forma tipica en Estados Unidos cuando se busca éxito económico y conformidad social, el sueño americano es convertirse en Americanos. Quizá no haya nada sorprendente en eso; los países buscan estandarizar el terreno para socializar comunicaciones, de acuerdo con Karl Deutsch, con un idioma (aunque en ocasiones se reconocen varios) y una cultura nacional única, en la cual buscan igualar a sus ciudadanos, hacer que ellos ‘compren’ la idea de pertenecer, y que exista una lealtad que se sobrepone a otras. El ejemplo de querer ser estadounidense, para los migrantes, porque eso está ligado a un estatus económico y social, es un ejemplo de ello. En el caso mexicano, existe un incentivo incluso en una escala de percepción racial: si soy de los states no soy indio como los otros.

Hasta ahora he usado a propósito ciudadanía y residencia intercambiablemente, aunque la última es el estatus legal en el estado sin necesariamente pertenecer a la nación (muchos países no permiten más de una nacionalidad) y el segundo, de naturalización, es en esencia la firma del contrato social que los oriundos del país anfitrión no hacen y nacen en él. Independientemente del estatus legal, ¿en qué momento, a cuántos años tengo que o debo participar en la nación? Y cuando digo participar, lo digo de forma política, activa, consciente.

Esto trae más peso porque una parte de mi se siente fragmentada, desde que salí en 2009 y hasta el 2021, hubo una transformacion en mi significativa donde me volvi, por decirlo más nacionalista. Esto coincide con lo que Benedict Anderson llama Nacionalismo a Distancia, aquel sentimiento nacional que, con el advenimiento de las redes sociodigitales se hace más intenso y nos conecta, en la diaspora, mas a nuestros paises de origen y nos desconecta por consecuencia, al lugar donde nos encontramos en ese momento. Consumimos material, noticias, podcast, libros y seguimos de cerca el quehacer nacional, a miles de kilómetros de distancia. Pero como decía anteriormente, la pregunta de qué tanto debo participar en los quehaceres de mi país adoptivo también es una cuestión de presencia física (mi cuerpo vive el estar aquí), así que digamos que quiero hacer los dos, ¿por qué no? ¿No es eso intentar ser verdaderamente cosmopolita?

Entonces, entre la integración y el nacionalismo, ¿en qué calidad participar? No hay otra respuesta que de manera cívica, republicana.

Estados Unidos, nuevamente, es el ejemplo de lo contrario, del proceso de americanización que hicieron a través de los valores (Benjamin Franklin) del trabajo y de formar comunidad en el espíritu protestante. Lo hicieron con las comunidades de inmigrantes de Europa occidental mientras desplazaban a los nativos y excluían a los afroamericanos. Ser de los Estados Unidos era permitirse avanzar individualmente, trabajar duro, cooperar con asociaciones de boliche,iglesias y aprender el idioma; dejar el país de origen atrás y llamarse con orgullo americano. No era un sentimiento de acción republicano, de participar, de movilizar, de generar cambio, no, ese quehacer cívico estaba reservado solo para los procedentes de países de Europa occidental, los demás, prácticamente de la frontera para afuera.

Todo sumado, creo que se deba participar siempre; y por supuesto, si voy a participar, lo haré de forma republicana. Aquella forma exige la participación en los quehaceres nacionales: protestar, movilizar, demandar porque aquellos que vivimos aquí, donde sea que ‘aquí’ sea, estén mejor, sobre todo los más vulnerables. Que uno no lo hace por estar arraigado étnicamente ni porque de aquí soy ni de aquí van a ser mis hijos. Sino simplemente porque, considerando que este lugar es mi casa y por algún tiempo ya estuve, lo requiere. A mí, y cada uno nos tomará decidir hasta qué punto, si está ligado al estatus legal, a los valores, a la residencia, a un tiempo en el que la línea imaginaria se cruza y ya, de modo mágico, ‘somos de aquí’, integrados. Y lo interesante es que teniendo otra casa, es sentieminto de justicia social es duplica cuando miramos, seguimos y alzamos la voz por lo que pasa ademas en nuestros paises de origen. 

Deja un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Deja un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *